Queridas amigas y amigos:
Cómo escanear nuestras instituciones y un nuevo año escolar
Junto a esta carta hemos publicado la Bitácora de septiembre1, escrita con ocasión del año académico 2026–27. La Bitácora entra a las instituciones. Propone un escaneo decolonial que sigue políticas, procesos, recursos, gobierno, tecnología, narrativas y formación para preguntar cómo ciertos futuros se vuelven repetibles mientras otros se van adelgazando. Invita a sus lectores a comenzar por algo pequeño: un sílabo, una línea de presupuesto, un formulario de beca.
Esta Carta comienza en otro lugar y con otro calendario. En muchas de nuestras comunidades el año no empieza con un sílabo. Empieza cuando se vence la renta, cuando se renueva o no un permiso de trabajo, cuando el horario escolar de los niños obliga a reorganizar los horarios de trabajo. Desde ese calendario leemos la Bitácora, con gratitud y también con preguntas. Antes de escanear la institución, queremos mirar la vida que la institución no alcanza a ver.
Hay comunidades que saben hacer mucho con poco
No porque la escasez sea una virtud. Tampoco porque debamos celebrar la precariedad. La precariedad cansa. Reduce posibilidades. Obliga a algunas personas a realizar esfuerzos extraordinarios para conseguir aquello que otras reciben casi naturalmente. Hay familias, iglesias, pequeños negocios y organizaciones comunitarias que viven demasiado cerca del borde del precipicio: una enfermedad, un aumento de renta, la pérdida de un empleo, un problema migratorio o una decisión institucional pueden alterar en pocos días lo que tomó años construir.
Pero comenzar la conversación por aquello que falta puede hacernos perder de vista algo fundamental: antes de que llegáramos a describir sus necesidades, estas comunidades ya estaban produciendo vida.
Alguien cuida a los niños para que otra persona pueda trabajar. Una iglesia prepara comida para una familia que atraviesa una crisis. Una abuela transmite una historia que no está escrita en ningún libro. Un pequeño negocio emplea a alguien recién salido de la cárcel que difícilmente tendría otra oportunidad. Una persona que conoce el sistema ayuda a otra a llenar un formulario. Alguien presta un automóvil, comparte una habitación, recomienda un trabajo, recoge dinero, cocina, visita, enseña, ora.
Parecen acciones pequeñas. Juntas, sin embargo, constituyen una infraestructura de vida.
Podríamos llamarlas prácticas probióticas2: acciones, relaciones y saberes que hacen posible la vida, la protegen, la reparan y ayudan a reproducirla. No eliminan la precariedad. Hacen algo distinto: crean vida dentro de ella.
Primero, mirar lo que está vivo
Quizás una práctica pastoral decolonial debería comenzar precisamente aquí. Antes de preguntar qué problemas tiene una comunidad, podríamos preguntar: ¿Qué estamos haciendo que nos permite seguir aquí? ¿Qué sabemos hacer juntos? ¿Dónde circula el cuidado? ¿Quiénes conectan a personas que de otra manera permanecerían aisladas? ¿Qué conocimientos hemos aprendido para sobrevivir y para vivir?
Las comunidades que viven en condiciones precarias no son solamente receptoras de asistencia. Tampoco son únicamente víctimas de sistemas mayores. Poseen memoria, inteligencia, relaciones, espiritualidades, economías, capacidades organizativas y conocimientos acumulados durante años.
Reconocer estas capacidades no significa romantizar el sufrimiento. Significa comenzar la conversación en otro lugar: no empezamos por la carencia. Empezamos por la vida que emerge, muchas veces, en contra de las predicciones.
La precariedad tiene algo que enseñarnos
En distintos lugares del mundo, quienes investigan están prestando creciente atención a la precariedad. No solamente a la pobreza o a determinadas necesidades, sino a una condición más profunda: vivir sabiendo que aquello que sostiene nuestra existencia puede ser alterado rápidamente por decisiones, sistemas y fuerzas sobre las cuales tenemos poco control.
Esto importa porque ayuda a colocar juntas experiencias que solemos vivir por separado: la persona que no sabe si podrá pagar la renta el próximo mes; el trabajador cuyo permiso migratorio determina qué puede hacer; la iglesia que sirve a su comunidad mientras intenta sostener su propio presupuesto; el pequeño negocio que sobrevive con márgenes mínimos; la estudiante que trabaja mientras estudia; incluso el académico joven que descubre que años de preparación no garantizan estabilidad.
Sus situaciones no son iguales. Pero todas pueden hacernos una pregunta parecida: ¿qué significa construir una vida cuando las condiciones que la sostienen permanecen inciertas?
La investigación puede ayudarnos a reconocer patrones. Pero las comunidades llevan mucho tiempo respondiendo esa pregunta con su propia supervivencia.
La precariedad no se vive a solas
Algo más está ocurriendo y merece nuestra atención. Comunidades separadas por miles de kilómetros están aprendiendo maneras semejantes, y a veces compartidas, de hacer vida en condiciones precarias.
Investigaciones recientes han documentado, por ejemplo, a mujeres congoleñas en Ciudad del Cabo que sostienen hogares mediante trabajos informales, permisos temporales y redes familiares.3 También han descrito a familias sirias desplazadas que hacen circular recursos y responsabilidades entre parientes dispersos.4 Otras describen a migrantes africanos en Johannesburgo que encuentran en congregaciones dirigidas por migrantes un espacio para reconstruir identidad y pertenencia, recibir ayuda y conseguir trabajo.5 Y otras, a comunidades latinas inmigrantes cuyas iglesias hacen circular información, acompañamiento y apoyo social y espiritual.6
Sus historias no son iguales. No debemos homologarlas. Pero cuando las ponemos cerca unas de otras comenzamos a reconocer algo.
Circulan dinero, ciertamente.7 También circulan alimentos.8 Pero circulan también conocimientos: maneras de emprender, formas de cuidar a niños y ancianos, prácticas religiosas, información sobre trabajos, estrategias para atravesar burocracias, contactos, recetas, música, memoria y formas de organizar una iglesia o un pequeño negocio.
No necesitamos un nombre complicado para reconocer lo que está ocurriendo. Podemos decir sencillamente que la vida aprende del vivir.
Pero no debemos romantizar la supervivencia
Una madre no debería necesitar tres trabajos, una red familiar extendida y una congregación entera para mantener estable a su familia. Una iglesia no debería depender permanentemente de cinco personas agotadas y sobrecargadas para sostener un ministerio que beneficia a cientos. Un pequeño negocio no debería tener que sobrevivir indefinidamente al borde del colapso para demostrar que su propietario es emprendedor.
La Bitácora de este mes lo dice a su manera: ninguna comunidad debería necesitar heroísmo para llegar a fin de mes. Lo recibimos como una palabra justa, y aquí le ponemos rostros.
Nuestras prácticas probióticas contienen, por tanto, una paradoja. Son evidencia de capacidad. Pero también pueden revelar el enorme costo que algunas comunidades están pagando tan solo para continuar existiendo día a día.
Por eso, después de reconocer la vida, tenemos que mirar aquello que la desgasta y la amenaza.
La precariedad tiene historia, pero también tiene mecanismos
Una familia puede construir durante años una pequeña estabilidad y perderla por el costo de la vivienda. Una congregación puede desarrollar liderazgos extraordinarios y agotarlos porque siempre son las mismas personas quienes cargan el trabajo. Un negocio familiar puede sostener a varias generaciones y descubrir que nuevas condiciones económicas hacen imposible permanecer en el vecindario.
Y una institución puede hablar públicamente de inclusión mientras sus presupuestos, requisitos, horarios, tecnologías o procedimientos hacen cada vez más difícil la participación de determinadas comunidades.
Nadie tiene que anunciar: “vamos a destruir esta comunidad”. Muchas veces basta con cambiar una política, retirar un recurso, modificar un proceso, aumentar un costo, introducir una tecnología, eliminar un programa o decidir quién tiene autoridad para tomar decisiones.
Por eso necesitamos aprender a mirar no solamente qué está sucediendo, sino cómo está sucediendo. ¿Quién toma las decisiones? ¿A dónde va el dinero? ¿Quién posee la propiedad? ¿Quién controla la información? ¿Qué trabajos son remunerados y cuáles dependen siempre del sacrificio? ¿Quién conoce las reglas? ¿Quién puede cambiarlas?
Son, en buena medida, las preguntas que la Bitácora organiza en siete lentes. Aquí las hacemos desde abajo y desde los márgenes: no desde quien examina un procedimiento, sino desde quien lo padece o aprende a resolverlo diariamente. Y son también preguntas pastorales, porque detrás de cada procedimiento hay vidas concretas.
Cuando unos futuros se construyen a costa de otros
Las instituciones también imaginan futuros. Universidades, empresas, gobiernos, iglesias, fundaciones y plataformas tecnológicas hacen planes. Elaboran presupuestos. Recogen datos. Anticipan mercados. Diseñan programas. Automatizan decisiones. Deciden dónde invertir y de dónde retirarse.
El futuro, entonces, no llega solo. El futuro también se administra.
Y cuando instituciones poderosas organizan sus propios futuros, sus decisiones pueden afectar profundamente los pequeños mundos que otras comunidades llevan años construyendo. Un vecindario puede convertirse en oportunidad de inversión para alguien y dejar de ser un lugar habitable para quienes lo hicieron comunidad. Una tecnología puede producir eficiencia para una organización.9 También puede crear nuevas barreras para quienes no dominan sus códigos.10 Una decisión financiera puede parecer prudente desde una oficina y resultar devastadora para quienes dependían de un programa.
No toda amenaza contra la vida comunitaria aparece como violencia visible. Algunas llegan como procedimientos perfectamente normales, “necesarios para que la institución sobreviva o florezca”.
De sobrevivir a re-existir
Pero nuestra conversación no puede terminar ahí. Regresemos a donde comenzamos: hay vida.
Hay personas que ya saben organizarse, acompañarse, creer, trabajar, enseñar, emprender, celebrar y cuidar. La pregunta es qué sucede cuando esas prácticas dejan de ser solamente respuestas a una emergencia y comienzan a producir formas más duraderas de existencia.
Aquí aparece una palabra que hemos venido utilizando: re-existencia. Re-existir no significa solo resistir un sistema que amenaza nuestra vida. Tampoco significa regresar románticamente a un pasado perdido. Re-existir significa aprender a producir condiciones en las cuales la vida que ya hemos comenzado a construir pueda continuar de otra manera.
Una práctica de supervivencia puede convertirse en una red de cuidado. Una ayuda económica informal puede convertirse en una cooperativa. Una cocina comunitaria puede convertirse en un espacio de organización. Una iglesia que recibe migrantes puede convertirse en un santuario migratorio donde se ratifica la dignidad humana y donde circulan conocimientos, oportunidades y liderazgo. Un pequeño negocio puede convertirse en patrimonio familiar y después en oportunidad para otra generación. Una historia contada por una abuela puede convertirse en memoria compartida.
Eso también es futuro. Pero un futuro que comienza con capacidades que ya existen.
Cuidar, organizar y legar
Aparece así una pregunta diferente: ¿qué tareas, asignaciones y roles deben ser transformados de forma que no dependan de actos extraordinarios que sacrifican a unas personas a costa de otras personas?
Quizás algunas prácticas necesitan recursos. Otras necesitan organización. Algunas necesitan convertirse en cooperativas, ministerios, asociaciones, programas educativos o redes económicas. Otras necesitan tiempo, memoria y nuevas generaciones que aprendan a continuarlas. Algunas necesitarán tecnología. Otras necesitarán protegerse precisamente de ciertas tecnologías. Algunas necesitarán alianzas con instituciones mayores. Otras necesitarán suficiente autonomía para poder decirles que no.
La Escritura conoce esta diferencia. Rut y Noemí llegan a Belén como llegan tantas mujeres a nuestras ciudades: viudas, una de ellas extranjera, sin tierra y sin pan asegurado. Sobreviven por la lealtad que se tienen y por el trabajo de Rut en campo ajeno. Pero el relato no descansa en su heroísmo. Rut puede espigar porque existía una ley que mandaba no cosechar hasta el último rincón y dejar lo caído para la persona pobre y la extranjera (Levítico 19:9–10; Rut 2). Alguien había convertido el cuidado en regla.
Eso también es obra de fe: ¡lograr que la vida de otros no dependa de la buena voluntad del día!
Todos sabemos que cuidar la vida significa algo más que mantener el cuerpo respirando. Significa preguntarnos cómo una práctica buena puede durar lo suficiente para generar futuros; cómo un conocimiento puede transmitirse sin distorsión; cómo una persona puede descansar sin que todo se derrumbe; cómo una generación puede entregar a la siguiente algo más que la responsabilidad de comenzar de nuevo desde cero.
Tal vez aquí comienza otra manera de pensar nuestras instituciones. Pensar que nuestras instituciones sirven a personas no simplemente las administran. Las instituciones pueden tener memoria y rastrear formas comunitarias nacidas de la vida que ya estamos produciendo.
Vida primero. Y desde esa vida, las formas necesarias para cuidarla, organizarla y legarla.
Lo que le decimos a la Bitácora
Esta carta pastoral conversa deliberadamente con la Bitácora de septiembre11 de 2026 (Decolonial Research Brief). Reconocemos lo que ofrece. Nos enseña a mirar el cómo, a comparar lo que una institución dice con el lugar donde pone su dinero, y pide que las personas afectadas pongan a prueba cada interpretación. Conversar críticamente exige decir también dónde se queda corta, vista desde donde estamos.
Primero, el orden. La Bitácora recorre sus siete lentes y llega a la re-existencia al final. En nuestras comunidades la vida viene antes del análisis, no como su conclusión. Segundo, el tiempo. Escanear una institución requiere horas, acceso y cierta seguridad, y las cinco personas exhaustas que sostienen un ministerio no las tienen. Si el escaneo se convierte en una tarea más para quienes ya cargan demasiado, habrá reproducido lo que critica. Tercero, la lengua. La Bitácora habla de mecanismos, asignaciones y diseños. Son palabras útiles. Pero quien llena el formulario por su vecina conoce el mecanismo de otra manera, y ese conocimiento rara vez llega escrito y casi nunca en otros idiomas que no sean el inglés, el español, el francés o el alemán.
La Bitácora nos dirige tres preguntas: qué formas de vida sostenemos que sus categorías no reconocen, qué reglas y decisiones fortalecen o desgastan esas prácticas, y qué cambiaríamos y qué preservaríamos si un arreglo pudiera rediseñarse. Esta carta entera es un comienzo de respuesta a la primera. Las otras dos quedan en manos de ustedes (los lectores/as). Por nuestra parte, devolvemos tres preguntas a quienes investigan.
Cuando ustedes estudian nuestra precariedad, ¿pueden reconocer también las formas de vida, conocimiento y organización que ya hemos creado, o sus categorías solamente alcanzan a ver nuestras carencias?
Si nuestras comunidades llevan generaciones aprendiendo a cuidar, emprender, creer, organizarse y sostener vida en condiciones precarias, ¿qué tendría que cambiar en sus teorías y métodos para que ese conocimiento también pueda corregir lo que ustedes creen saber?
¿De qué sirve una investigación que explica con precisión los mecanismos que producen nuestra precariedad si no nos ayuda también a reconocer, proteger y fortalecer las prácticas mediante las cuales estamos construyendo re-existencia?
Cinco compromisos para este mes
Esta carta no intenta cerrar la conversación. Propone un mapa de vida, y lo ofrecemos como cinco compromisos para practicar en la casa, la congregación, el negocio o la organización.
- Reconocer. Nombren por escrito las prácticas probióticas que ya sostienen a su comunidad, y a las personas que las realizan.
- Contar el costo. Pregunten quién está cansado, quién no puede faltar un solo día y qué pasaría si esa persona descansara.
- Aprender de otras comunidades. Busquen una comunidad distinta a la suya que esté haciendo vida en condiciones parecidas y pregúntenle cómo lo hace.
- Seguir un mecanismo. Elijan una sola regla, costo o procedimiento que esté desgastando la vida común y averigüen quién lo decidió y quién puede cambiarlo. Aquí el escaneo de la Bitácora puede servirles.
- Discernir qué legar. Escojan una práctica que merezca durar y pregúntense qué necesita: recursos, organización, descanso, memoria o autonomía.
Cuéntennos lo que encuentren, en la lengua en que lo vivan, por medio de Substack (https://fromtheborders.substack.com/) o de Desde las fronteras (www.garcia-johnson.com). Lo que ustedes envíen ayudará a corregir tanto la próxima Carta como la próxima Bitácora.
Una palabra final
No celebramos la precariedad. Celebramos la vida que se abre paso en ella, y nos negamos a aceptar que esa vida siga costando tanto. Jesús dijo haber venido para que tengamos vida, y vida en abundancia (Juan 10:10). Que esa palabra tome forma en la olla compartida, el formulario llenado entre dos, la regla corregida, el presupuesto revisado, la persona cansada que por fin descansa y la práctica buena que una generación entrega a la siguiente.
Con gratitud por su trabajo y su compañía,
Rev. Oscar García-Johnson
Profesor de Teología y Estudios Decoloniales
Fuller Theological Seminary
Entendiendo el mundo desde las fronteras • Escuchando al Espíritu dentro y fuera del templo • Cultivando imaginación teológica para una iglesia pluriversal
Notas citadas
- Oscar García-Johnson, “Decolonial Institutional Scanning, Mediation, Precarity, and Re-existence,” Decolonial Research Brief 1, no. 3 (September 2026). Read the Brief. ↩
- Oscar García-Johnson, Decolonial Love in Times of Hatred: Forty Ways to Follow Jesus Today (Cascade Books, 2026), day 17, “Conviviality: Probiotic Theology.” Book details; author’s publications. ↩
- Henrietta Nyamnjoh, Suzanne Hall, and Liza Rose Cirolia, “Precarity, Permits, and Prayers: ‘Working Practices’ of Congolese Asylum-Seeking Women in Cape Town,” Africa Spectrum 57, no. 1 (2022): 30–49. https://doi.org/10.1177/00020397211050077. ↩
- Ann-Christin Zuntz, “Refugees’ Transnational Livelihoods and Remittances: Syrian Mobilities in the Middle East Before and After 2011,” Journal of Refugee Studies 34, no. 2 (2021): 1400–1422. https://doi.org/10.1093/jrs/feab016; open access version, Edinburgh Research Explorer. ↩
- Elina Hankela, Ignatius Swart, and Clementine Nishimwe, “African Pentecostal Churches and Racialized Xenophobia: International Migrants as Agents of Transformational Development?” Transformation 39, no. 3 (2022): 133–49. https://doi.org/10.1177/02653788221095595. ↩
- Anayeli Lopez, Rene Galindo, Ruben P. Viramontez Anguiano, Marianna Corkill, Jennifer Jacob-Bellowe, and Yesenia Weaver, “De la Iglesia a Servir el Pueblo: The Role of Religious Leaders in Serving Latino Immigrant Families,” Advances in Social Work 22, no. 1 (2022): 46–66. https://doi.org/10.18060/25397; open access full text. ↩
- Zuntz, “Refugees’ Transnational Livelihoods and Remittances.” DOI. ↩
- Lopez et al., “De la Iglesia a Servir el Pueblo.” DOI. ↩
- Sandra Baroudi, “Anticipatory Governance and Leadership for AI Implementation in Higher Education: A Scoping Review,” International Journal of Educational Technology in Higher Education 23 (2026), article 39. https://doi.org/10.1186/s41239-026-00616-7. ↩
- Aishat Oyenike Salami, “Artificial Intelligence, Digital Colonialism, and the Implications for Africa’s Future Development,” Data & Policy 6 (2024), e67. https://doi.org/10.1017/dap.2024.75. ↩
- García-Johnson, “Decolonial Institutional Scanning.” Read the Brief. ↩